martes, febrero 24, 2009

Crueldad humana


Hay situaciones en las que me pongo enferma y una de ellas es cuando el hombre, supuestamente único ser racional del planeta tierra, se toma la licencia de autoproclamarse superior al resto y menospreciar la vida de otros animales. Hace meses que por el barrio en el que vivo, se pasea un gato, comenzamos a verlo de chiquito y aquí sigue callejeando cada día y alegrando los ratos de quienes tienen el honor de coincidir con él en algún momento. Son muchas las personas, incluídos los turistas, que se paran a sacarle fotos al animalito. Hace las delicias de los chiquillos y de algunos vecinos que le llevamos comida y le mimamos cariñosamente. Adora que lo acaricien y que jueguen con él. Siempre está mirando para arriba, para mi piso, y la gente que pasa se pregunta sorprendida si es mío y si se habrá caído y por eso mira para arriba. Nada más lejos de la realidad, actúa así porque aquí se le da cariño. Siempre que salgo a la calle acude corriendo a recibirme en la puerta, se viene detrás mía y me pone en un aprieto porque si por él fuera me seguiría a todas partes y esto no puede ser, yo cruzo calles y carreteras y esto conlleva su peligro...me las tengo que arreglar para distraerlo de alguna manera y así "huir" de él. No, no es mío, pero os aseguro que me encantaría que lo fuera. Obviamente, también tiene detractores. Él es feliz así, en la calle, nosotros le tenemos mucho cariño los que somos sus seguidores fieles, pero por diversos motivos, los habituales ninguno podemos tenerlo en casa. Piso compartido, la existencia de otro animal en el hogar, ausencia de recursos o de espacio, o de tiempo. ¿LLevarlo a un centro? No nos fiamos, y además, que dá pena porque a él se le ve contento, haciendo de Don Juan y convirtiéndose en padre de familia numerosa hasta en dos ocasiones ya! (de gatas de vecinos del barrio, o sea que el tío se cuela en las casas y pasa sus ratitos románticos), luego vuelve a salir y acude bajo mi ventana a comer y solicitar cariño, a tomar el solecito. Esta mañana, me asomo a la terraza y veo a un grupo de niñatos (perdón por la expresión pero ese es el calificativo que se merecen), que vienen riendo y haciendo el ganso, y a mi felino escondiéndose y pegando un salto extraño. Uno de los tipos le dice al otro: "Tendrías que haberle dado en la cabeza al gato". Venían con esa risa egocéntrica de quienes se regodean en su propia autocontemplación sin concebir más derecho que el suyo propio y nunca el de los demás. Hechos como estos me pone realmente enferma. El respeto hacia los demás debería estar generalizado. No se trata de que te gusten los animales o no, no son un color, ni una prenda. No son un objeto. Son una vida tan válida como cualquier otra. Yo no quiero que te gusten, yo quiero que los respetes. Pero, ¿Qué le podemos pedir a una especie (la humana) que hasta hace poco consideraba como animales salvajes a quienes diferían de ellos sólo por el color de la piel? Me pregunto quiénes son los salvajes en esta historia.

El Don Juan gatuno sevillano aquí!

2 comentarios:

Acuarius dijo...

saludos y recuerdos...

Terry dijo...

Saludos!